El otro juego: la correlación entre el futbol americano y los opiáceos desde
la neurobiología

El otro juego: la correlación entre el futbol americano y los opiáceos desde<br>la neurobiología 1

Por Rogelio León González

Para prevenir el uso y posible abuso de las drogas en los jóvenes, una de las
principales herramientas de los sistemas de salud es el desarrollo de campañas
de prevención que, suelen tener como uno de sus ejes el deporte, debido a que se
considera que se promueven estilos de vida saludables que deberían de reducir la
probabilidad de consumir sustancias adictivas (Veliz, Schulenberg, Patrick, Kioska,
McCabe y Zarrett, 2017).

Este supuesto fue comprobado a través de varios estudios incluyendo trabajos de
tipo biomédico, donde se comprobó que el ejercicio puede estimular de manera
efectiva el sistema de recompensa del cerebro reduciendo el riesgo de consumo
de drogas (Lynch, Peterson, Sanchez, Abelb y Smith, 2013).Esta información hace
parecer que la creencia del beneficio del deporte es válida. Pero algunos deportes
de contacto parecen incrementar, al menos en la población norteamericana el
riesgo de consumo no terapéutico de opiáceos.

Este planteamiento se sustenta en las investigaciones de Veliz et al, 2017 y de
Veliz, Epstein-Ngo, Meier, Ross-Durow, Boyd y McCabe (2014) donde se
documenta que los deportes de contacto indican un mayor riesgo de consumo de
medicamentos a base opiáceos de forma no terapéutica, y que de estos deportes
el futbol americano muestra la mayor correlación con este riesgo. Esto representa
un peligro para la salud donde 8 millones de adolescentes y aproximadamente a
500 mil estudiantes universitarios practicando aquel deporte (Ford, Pomykaez,
Veliz, McCabe y Boyd, 2018).

Aunque esta situación quede lejos de México, se considera interesante analizar
este caso debido a que es ya el tercer deporte más popular en este país (El

Universal, 2017) y por lo tanto se deben de entender los riesgo que puede haber al
exponer a un joven a este tipo de deportes.

Para dar respuesta a este planteamiento, se expondrán en primer lugar el efecto
de los opiáceos y los efectos de su uso crónico para después exponer los factores
de riesgo que existen en esta práctica deportiva que puedan llevar al consumo y
finalmente se dará una conclusión sobre los datos ya expuestos.

Opiáceos, los asesinos del dolor
Los opiáceos son alcaloides derivados de la planta del opio con un fuerte efecto
anestésico y con una gran capacidad adictiva que puede generar una situación de
dependencia (Valverde y Maldonado, 2005). De estos compuestos se derivan los
medicamentos como la codeína y el tramadol para el dolor medio y la morfina, la
oxcicodina e la hidromorfina para el dolor agudo, aunque cabe señalar que la
morfina también puede ser usada como medicamento de segunda línea para
tratar el dolor medio (National Pain Center, SN).

Estos medicamentos se absorben por vía oral llegando al tracto digestivo donde
son metabolizados quedando solamente alrededor del 25% del fármaco para su
absorción. El medicamento es eliminado primariamente por vía urinaria. Lo que
sobrevive a la metabolización hepática llega al plasma y se distribuye en tejido
llegando a los receptores de opiáceos del Sistema Nervioso Central (µ κ σ) de los
que el más relevante para este trabajo es µ (Villarejo-Díaz, Murillo-Zaragoza y
Alvarado-Hernández, 2000).

El medicamento es un agonista por lo que al acoplarse al receptor desencadena la
actividad de la neurona que en este caso se traduce en una respuesta analgesia,
en el aumento del tono muscular. Su uso continuo puede generar una intensa
dependencia física, y en casos de un consumo agudo excesivo la muerte debido a
una depresión respiratoria (Vega, 2005).

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La dependencia se desarrolla debido a que el receptor µ provoca la inhibición de
los neurotransmisores GABA lo que produce una mayor liberación de dopaminas
que reforzarían la conducta al generar una sensación placentera (la ingesta de la
sustancia) lo que podría llegar a producir dependencia (Álvarez y Farre, 2005). A
la par que se produce dependencia, el usuario también experimenta una tolerancia
a los opiáceos debido a que los receptores desarrollan una menor sensibilidad al
estímulo, esto implica que el consumidor incremente su ingesta para obtener el
efecto deseado (Verde y Maldonado, 2005). La desensibilización implica también
que en ausencia de la sustancia se experimente un disfuncionamiento del SNC, lo
que se traduce en una sensación de malestar “parecido a un estado gripal, con
bostezos, midriasis, rinorrea, dolor muscular, sudación, piloerección, náuseas y
vómitos, diarrea, fiebre, insomnio. Se sufre inquietud y ansiedad. Además, se
presenta un deseo muy intenso de consumir la droga” (Álvarez y Farre, 2005).

Con lo anterior quedan expuestos los efectos y riesgos de consumir y abusar de
opiáceos, aunque queda entonces la pregunta ¿Por qué un joven atleta la llegaría
a consumir más allá del tiempo que señala el doctor?

Jugar entre tormentas
El futbol americano para quien no este familiarizado es un deporte de contacto que
consiste en dos equipos cada uno compuesto por escuadras ofensivas, defensivas
y de equipos especiales compuestas cada una por 11 jugadores. El objetivo del
juego es que la escuadra ofensiva lleve el balón a la zona de anotación mediante
carrera o pase y la defensa debe evitarlo. Cada equipo tiene cuatro oportunidades
para avanzar al menos 10 yardas (9.1 metros), de no lograrlo el otro equipo tendrá
la oportunidad de hacerlo (International Federation of American Football, 2015).
Este juego es altamente físico que registra en promedio 47,000 lesiones anuales
en los EE.UU. lo que lo vuelve el deporte con mayor riesgo de practicar
(HealthDay News, 2015).

Los jóvenes que participan en futbol americano se ven expuestos a un riesgo
mayor de usar medicamentos a base de opioides de manera no terapéutica según
lo reporta Veliz et al, 2017, y que si bien el consumo puede iniciar para manejar el
dolor asociado a las lesiones o algún grado de dolor experimentado por el jugador;
también existen otros factores.

En primer lugar la llamada ética deportiva que se puede entender como el
conjunto de valores y normas que ayudan a formar la identidad de un atleta y que
se compone de cuatro principios: 1) un atleta debe dedicarse exclusivamente al
juego, 2) siempre debe hacer grandes esfuerzos para sobresalir en el juego, 3)
debe aceptar cualquier riesgo que involucra el deporte y 4) debe creer que no hay
obstáculos que lo puedan frenar para conseguir sus metas (Ford et al, 2018).

Lo anterior le permite inferir a Ford et al (2018) que los altos niveles de exigencia
que tiene la ética deportiva puede validar comportamientos de riesgo, aumentando
la posibilidad del uso de opiáceos en particular para esconder el dolor generado
por lesiones que puedan alejarlos de la competitividad, lo que puede llevar a que
el consumo se produzca de una manera no terapéutica y que su uso se prolongue
llevándole al riesgo de generar dependencia (Veliz et al, 2017).

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Imagen Nacional Institute Drug

La dependencia se puede ver favorecida también por las largas sesiones de
entrenamiento a las que se ve comprometido el jugador que pueden llegar hasta a
las 8 horas de práctica de lunes a viernes (Jacobs, 2015) y que se ha
documentado que sesiones tan amplias de ejercicio pueden llevar a una mayor
sensibilidad del sistema dopaminérgico, parecido a la que experimentaría un
consumidor crónico de alguna droga, haciendo así al cerebro más susceptible a la
dependencia a cualquier sustancia adictiva (Lynch et al, 2013). También el
enmascarar el dolor relacionado con una lesión implicaría que no exista el tiempo
adecuado para su recuperación haciendo que el dolor volvería a percibirse,
aumentando el riesgo de volver a consumir (Rosenblum, Marsch, Joseph y
Portenoy, 2008).

Cabe señalar que aunque la ética deportiva es un factor de riesgo, también existen
factores de estrés de carácter social. En primer lugar el académico, debido a que
el sistema de becas deportivas norteamericano representa un factor de movilidad
social para los atletas, quienes pueden venir de estratos sociales bajos y para los
que el mantenerse en este deporte representa su mejor oportunidad para mejorar
su calidad de vida. Esto los lleva a vivir situaciones de estrés crónico, que
incrementa el riesgo de sufrir lesiones (Mann, Bryant, Johnstone, Ivey y Sayers
2016).

El estrés crónico también afecta el funcionamiento del sistema dopaminérgico y
provoca cambios en el cerebro volviéndolo más susceptible al consumo de
sustancias afectando en particular a las funciones de memoria y autocontrol
(Sinha, 2008). Esta alteración en los jugadores de futbol americano se puede ver
agravada por las contusiones cerebrales (McKee, Stein, Kiernan y Álvarez, 2015)
lo que aumenta el riesgo de abuso de opiáceos al afectar el área que regula el
control que puede ejercer el sujeto sobre sus impulsos.

De esta manera quedan expuestos los principales factores de riesgo que pueden
hacer que los jóvenes que juegan futbol americano desarrollen una adicción a los
medicamentos a base de opiáceos; a continuación se expondrá su mecanismo de
acción neurobiológico y las consecuencias de su uso crónico.

Conclusiones
La información arriba expuesta muestra que un deporte puede ver mermada su
capacidad protectora cuando los factores sociales que rodean su práctica se
vuelven un factor de riesgo mayor que la capacidad protectora del deporte en sí.
Queda ejemplificado en este caso también que la cultura de ciertos deportes
puede no ser benéfica y que por lo tanto en los planes de prevención se deben
enfocar no solamente en promover la actividad física, sino también otra cultura
deportiva que no favorezca el uso de drogas con poder analgésico, sean o no

opiáceas para competir, ni para tolerar largas jornadas de entrenamiento.
Finalmente queda claro que valorar el aspecto neurobiológico en los deportes es
importante para poder entender desde una mejor perspectiva todo lo arriba
mencionado y poder modificarlo en función de proteger a los jóvenes de la
adicción.

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